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Todos miran las tasas: petróleo, inflación y una Fed bajo presión

Los mercados financieros internacionales atraviesan un momento particularmente delicado. El foco dejó de estar exclusivamente en las acciones o en la inteligencia artificial y volvió a un lugar mucho más tradicional: el mercado de bonos. Las tasas de interés de largo plazo están subiendo con fuerza en Estados Unidos y en buena parte del mundo, mientras el petróleo volvió a superar los US$100 por barril y reavivó un temor que los bancos centrales creían empezar a controlar: la inflación.

En Estados Unidos, el rendimiento del Treasury a 10 años llegó esta semana hasta 4,98%, prácticamente tocando el 5% y alcanzando su nivel más alto en casi tres años. Todavía más llamativo es el bono a 30 años: su rendimiento llegó a 5,38%, un máximo de 19 años. Es decir, el mercado está exigiendo cada vez más tasa para prestarle dinero al gobierno norteamericano durante períodos largos.

Esto tiene consecuencias mucho más amplias que una simple caída en el precio de los bonos. El Treasury funciona como la tasa libre de riesgo sobre la que se valúan prácticamente todos los demás activos financieros del mundo. Si un inversor puede obtener cerca del 5% anual prestándole al Tesoro norteamericano durante diez años, automáticamente exige retornos más altos para comprar acciones, financiar empresas, invertir en real estate o asumir cualquier otro tipo de riesgo. Cuanto más sube la tasa libre de riesgo, más difícil resulta justificar valuaciones elevadas en el resto del mercado.

Y el problema no es exclusivamente norteamericano. Europa también está experimentando una fuerte suba de los costos de endeudamiento. El Banco Central Europeo acaba de volver a aumentar su tasa de interés ante el repunte inflacionario, mientras los rendimientos de los bonos soberanos suben desde Alemania hasta Francia y Reino Unido. El mercado global parece estar empezando a descontar un escenario de “tasas más altas durante más tiempo”, exactamente lo contrario de la expectativa de relajamiento monetario que dominó buena parte de los últimos años.

El petróleo vuelve a cambiar la ecuación

El principal detonante de esta nueva preocupación es la energía.

El Brent superó nuevamente los US$100 por barril y llegó a rozar los US$110 antes de retroceder parcialmente. La escalada del conflicto entre Estados Unidos e Irán, los ataques sobre rutas marítimas y la restricción del tráfico por el Estrecho de Ormuz volvieron a poner en duda la seguridad del suministro global de petróleo. El jueves, tanto el Brent como el WTI llegaron a cotizar por encima de US$100.

El petróleo tiene una particularidad: cuando sube, no afecta solamente el precio de la nafta. Se mete en prácticamente toda la estructura de costos de una economía: transporte, logística, agricultura, producción industrial, plásticos, fertilizantes, pasajes aéreos y distribución de alimentos.

Por eso el verdadero miedo del mercado no es simplemente un barril de petróleo caro. Es que el shock energético termine reavivando la inflación justo cuando los bancos centrales estaban intentando declararla controlada.

Y los últimos datos norteamericanos no ayudaron. La inflación de agosto fue de 3,4% interanual, mientras los precios subieron 0,4% respecto del mes anterior. La inflación núcleo fue algo más moderada, pero sigue existiendo suficiente presión como para mantener en alerta a la Reserva Federal. Después del dato, el mercado llegó a asignar aproximadamente 82% de probabilidad a una suba de 25 puntos básicos en la próxima reunión de la Fed.

Ahí está probablemente el evento financiero más importante de los próximos días.

Todos los ojos están puestos en la Reserva Federal.

La Fed enfrenta una situación incómoda. Si vuelve a subir las tasas, puede reforzar todavía más la venta de bonos, endurecer el crédito y presionar a las acciones. Pero si no actúa y el petróleo continúa arriba de US$100, corre el riesgo de que las expectativas de inflación vuelvan a desanclarse.

Es el tipo de escenario en el que cualquier frase del presidente de la Fed, Kevin Warsh, puede mover violentamente bonos, dólar, oro y acciones.

¿Por qué está cayendo el oro si hay guerra e inflación?

En principio podría parecer contradictorio. Con tensión geopolítica, petróleo subiendo e inflación persistente, uno esperaría que el oro volara.

Sin embargo, el oro viene retrocediendo: llegó a caer más de 1% el jueves y acumula cerca de 3% de baja semanal, aunque este viernes mostró cierto rebote.

La explicación es simple.

El oro no paga intereses.

Cuando la tasa del Treasury a 10 años se acerca al 5%, el costo de oportunidad de mantener oro aumenta enormemente. Además, el aumento de las expectativas de una suba de tasas fortalece al dólar, lo que también suele ejercer presión sobre el metal.

Por eso hoy el oro está atrapado entre dos fuerzas opuestas: la incertidumbre geopolítica lo favorece, pero la suba de las tasas lo perjudica.

Para Argentina, paradójicamente, el escenario puede ser favorable

Hay una consecuencia particularmente interesante para Argentina.

Un petróleo por encima de US$100 representa un enorme incentivo para Vaca Muerta y para todo el complejo energético argentino. Argentina ya se transformó en exportadora neta de energía y, a estos precios, cada barril adicional exportado tiene un impacto mucho mayor sobre el ingreso de dólares y sobre el superávit comercial energético.

El contexto internacional incluso está provocando una reasignación de los flujos de petróleo hacia productores del continente americano. Las exportaciones de crudo de América alcanzaron niveles récord este año, y países como Argentina se benefician directamente de la búsqueda de proveedores alternativos al Medio Oriente.

Pero no termina ahí.

También están subiendo los commodities agrícolas.

Los precios mundiales de los alimentos llegaron en agosto a su nivel más alto desde 2022. Los cereales alcanzaron máximos de tres años y la soja norteamericana acumuló alrededor de 12% de aumento desde junio, favorecida por la caída de stocks globales y nuevas compras chinas.

Argentina, además, está atravesando una campaña excepcional de maíz. Las exportaciones argentinas de agosto y septiembre están en camino de alcanzar un récord de aproximadamente 10 millones de toneladas, beneficiadas por una cosecha récord y por problemas de oferta en Ucrania y Europa.

Es decir que aparece una situación bastante particular.

Lo que constituye una amenaza inflacionaria para Estados Unidos y Europa puede representar una mejora significativa de los términos de intercambio para Argentina.

Petróleo más caro significa más dólares de Vaca Muerta. Soja, maíz y commodities agrícolas más caros significan más dólares del campo.

Si estos precios se sostienen, Argentina podría recibir durante los próximos meses muchos más dólares simultáneamente por energía y por agro.

Ese es probablemente el dato positivo dentro de un escenario financiero internacional cada vez más complejo.

El mundo vuelve a enfrentar inflación, petróleo caro y tasas de largo plazo cercanas a máximos de décadas. Para los mercados desarrollados, el desafío es evidente: ¿cuánto pueden subir las tasas antes de que algo empiece a romperse?

Para Argentina, en cambio, la pregunta es distinta:

¿qué hace el país con una potencial avalancha de dólares provenientes de energía y commodities justo cuando el resto del mundo vuelve a preocuparse por su escasez?

Por: Miguel Boggiano

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